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Por: Miguel Àngel Rodriguez Herrera
Hasta hace algunos años se hablaba del diablo como si fuera el coco de los carajos chiquillos llorones o de los que se portaban mal. Puras mèndigas mentiras, decía la perrada científica amachada con sus miopes métodos de experimentación y comprobación, dizque de una realidad objetiva. No fue sino hasta la filmación del filme “El Exorcista” cuando todo el mundo volvió mirada hacia la existencia real e indubitable de una entidad espiritual totalmente distinta a la humana llamada diablo. Su existencia y presencia es tan evidente como la silla donde se sentaba mi abuela para contarme sus cuentos y tirarse de pedos. Al demonio le vale sombrilla nuestra civilización y sus valores ya que desprecia todo lo que huela a humano. Se caga de risa cuando le perreamos para hacernos dizque ricos, poderosos, famosos y lujuriosos. El pleito es con Dios, no porque le vaya a ganar, sino porque le odia profundamente por tres razones: por haberlo expulsado de su Presencia, por estar siempre sujeto a ÈL y por amar al hombre. Para el diablo nosotros no somos más que instrumentos de venganza en contra de Dios, venganza que el mismo Dios permite dentro de los límites que Él establece. El diablo no puede dañar más de lo que se le permite. La acción única y fundamental del demonio es la de dañar. El daño es la esencia del actuar diabólico. Todo podemos hacer siempre y cuando ello no implique un daño hacia ti mismo o hacia los demás. Venderle el alma al diablo es cuando hacemos lo contrario. Los siete pecados capitales no son otra cosa que la antítesis de las siete virtudes cardinales. El pecado, el delito, la falta, o como se le quiera llamar, existen y tienen su razón de ser por el surgimiento del daño. Por otro lado el daño tiene que ser reparado por ley universal. Todo lo que se daña exige una reparación y de ahí la justificación del castigo y de la indemnización. La Religión, el Derecho y la Moral son los utensilios que prevén y corrigen la conducta dañosa. El diablo no daña directamente porque sabe que su acción sería inútil, sino que comete el daño utilizando la voluntad del hombre, el cual posee un libre albedrío y es sujeto de sanción. Mientras que para hacernos ricos robemos, que para obtener el poder aplastemos, humillemos, mintamos, traicionemos, que para satisfacer nuestro instinto sexual forniquemos, etc., etc. le estaremos vendiendo el alma al diablo. Un alma que al diablo no le interesa porque no es de él sino de Dios. Venderle el alma al diablo no es otra cosa que privarnos de la Presencia de Dios. El diablo no quiere que estemos con él en el infierno pues nos desprecia infinitamente y si caemos en el averno, pobres de nosotros al tener a un lado a un enemigo mortal y sin gozar de la protección de Dios. Todo el odio reconcentrado que tiene Belcebú con Dios, se volcará con toda su saña y ferocidad contra nosotros. Hagamos lo que hagamos, queramos lo que queramos, pensemos lo que pensemos, no importa, siempre y cuando no cometamos daño; si lo hacemos tendremos que repararlo al grito de ya pues de otro modo nos la veremos con Satán como sus huéspedes incómodos. Mejor no hay que buscarle. Pasar la vida haciendo el bien significa vivir con plenitud, desarrollando nuestras potencias en paz, viviendo para ser recompensados. Vivir bien no es difícil sino al contrario. Mi abuela entre pedo y pedo me contaba unos cuentos cotorros y hacía que me durmiera, ya no se si por las mecidas o por la pestilencia de los gases intestinales; pero lo que sí se es que me ponía los pelos de punta con lo de la llorona, el ahorcado y el cañón que disparaba solo. Pero cuando me contaba del diablo me valía súper madre y entonces yo era el que me pedorreaba de carcajadas; entonces me aventaba de la silla y me daba de cintarazos. Los pedos los cuentos y los cintarazos de mi abuela me hicieron reflexionar, más tarde, sobre la teoría del daño. En realidad mi abuela fue una excelente profesora de filosofía. Las teorías de mi antecesora eran extrañas y me llevaron por caminos insospechados. Mientras se mecía en su vieja silla me miraba con ojos raros y farfullaba engargolados razonamientos producto de una mente abierta y penetrante. Ella me mostró al diablo. Así, entre pedos, cuentos y cintarazos vamos descubriendo al demonio. Ojalá y no seamos sus vecinos. |
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